El día que tú no ardas de amor, muchos morirán de frío.

martes, 6 de mayo de 2014

Little piece of my heart
























Te atavié con el abrigo de mi cuerpo a un precio casi regalado
Y lo confundiste con un saldo de la planta de oportunidades
No apreciaste sus fuertes costuras, su gran calidad, su elegante hechura
No admiras lo bien que te ajusta y se pasa de moda al fondo del armario

Te alimenté con la palpitante carne de mi corazón a un precio irrisorio
Y  la confundiste con una dura hamburguesa de fast food
No apreciaste su  sabroso jugo, su valor nutritivo, su tierna textura
No valoras su beneficio en tu salud y se reseca al fondo en la nevera

Benditas las noches que el frío aprieta y te cubres con mi abrigo para calentarte
Benditos los días que el hambre aprieta y picas de mi corazón para alimentarte

Dichosas las horas que pasas calentito con los brazos embutidos en mi abrigo
Dichosos los minutos que te nutres pausadamente de mi ventrículo derecho

Alabado seas tú, dueño y señor de mi cuerpo y mi abrigo,
por desempolvarlo y renacerlo entre todos los cuerpos
Alabado seas tú, dueño y señor de mi corazón y mi carne,
por mordisquearlo y resucitarlo con cada bocado

I want you to come on, come on, come on, come on and take it,
Take it!
Take another little piece of my heart now, baby!
Oh, oh, break it!
Break another little bit of my heart now, darling, yeah, yeah, yeah.
Oh, oh, have a!
Have another little piece of my heart now, baby,
You know you got it if it makes you feel good,
Oh, yes indeed.

Grito, bailo y lloro coreando a Janis en su viejo y hermoso lamento
Rompe otro pedazo de mi corazón
muerde otro pedazo de mi corazón, cariño
el uso me asesina y me embellece,
la sangre me mana y me revive
Y digo nunca más, nunca más, nunca más
soy una dura, dura, dura mujer
pero lo olvido al caer entre tus brazos
Si es el único modo de sentirte,
si a ti te hace feliz…
Muerde otro pedazo de mi corazón, cariño
Rompe otro pedazo de mi corazón

De oportunidades

Entremos hoy. La oportunidad puede estar en cualquier parte. En cualquier parte puede estar esa piel que te calce como un guante...

Mujer y zapato






 La última vez que me honraste  con tu urgente amor, ay mi insaciable,
quedé sobre todo prendada de tus nuevos zapatos beige.
Me gustan tus zapatos, te dije con la boca abierta como una boba.
Me gusta que te gusten, dijiste mientras los anudabas con un lazo perfecto.
No me percaté del sibilino aviso en mi sincera admiración por tus zapatos,
no adiviné que todo mi futuro sería estar, pequeñita , pequeñita,
pegada a la suela de tu zapato derecho.

La última vez que me abrazaste entre tus cálidos brazos, ay mi tramposo,
me dijiste sin palabras algo que siempre sospeché,
que no era la mujer perfecta para ti, que no era la mujer.
Con la frente apoyada en tu pecho y sin que tú lo vieses, dos lagrimones
patinaron por mi cara y aterrizaron en tus bonitos zapatos beige.
No pude más que pensar que no estaría tan mal vivir toda mi vida, pequeñita, pequeñita
pegada a la suela de tu zapato derecho.

La última vez que tropecé contigo accidentalmente, ay mi bruto,
corrí hacia ti en busca de tus labios, de tu cuello, de tu axila, de tu olor.
Pero tu, cegado como la bestia a la caza de su ideal de hembra en celo,
no reparaste en mí, ni en la alargada sombra con los brazos alzados para ti.
De un salvaje empujón me derribaste y no oíste ni mi alarido de dolor. Aturdida,
no alcancé a evitar el tremendo pisotón que me dejó, pequeñita, pequeñita,
pegada a la suela de tu zapato derecho.

La última vez que salimos juntos los dos a pasear, ay mi impasible,
yo era feliz custodiándote con disimulo bajo tus modernos zapatos beige.
Caminamos y caminamos por calles oscuras tras mujeres hermosas, y aunque
ignorabas mi presencia, yo agarraba los cordones de tus zapatos con mis menudas manitas
y cabalgaba en tu empeine silbando gozosa al ritmo de tus resueltas pisadas.
No sabes la dicha que sentí de ser por una vez tu compañera, pequeñita, pequeñita,
pegada a la suela de tu zapato derecho.


La última vez que te calzaste tus limpios zapatos beige conmigo abajo, ay mi infiel,
presentí temblorosa que sería nuestro último viaje juntos. Con tristeza, lo deduje
al observar por el rabillo de mi ojito como estrenabas un ajustado y sexy slip.
Al husmear con mi aplastada naricita un perfume extraño para mi, supe, que al fin,
habías encontrado a la mujer perfecta para ti, a la mujer.
No imaginas como dolió saber que no estaría mucho más, pequeñita, pequeñita
pegada a la suela de tu zapato derecho.

La última vez que llamaste a una puerta con tus relucientes zapatos beige, ay mi descarriado,
escuché con horror la voz de una diligente mujercita gritando que limpiases tus pies.
Frotaste con fuerza tus zapatos sobre el felpudo asqueroso donde me quedé tirada, y mientras yo peleo entre polvo y ácaros, tú, en una impoluta cocina, comes comida caliente
que te calienta para la mujercita que calienta la comida caliente que te calienta .
No sabes ahora de mi frío, ni del sueño de volver a estar algún día, pequeñita, pequeñita,
pegada a la suela de tu zapato derecho.

sábado, 3 de mayo de 2014

Armas


Dices que has renunciado a las armas
pero yo siento el hielo atravesarme
desde el fondo de tus ojos
y tus palabras no señalan
la acariciada fragilidad del consuelo
Conozco el latido de tu corazón
y sé que la venganza
es el alimento de tu oscura raza
la batalla no ha hecho más que empezar

He puesto coto a mi alma
he arropado mi pecho con malla de acero
he abrazado la ceguera
que posee la certidumbre de tu odio
y me alerta del olor de tu miedo
mi cuerpo abriga la inmortalidad
mis ejércitos están preparados
aguardo bajo la espada milenaria del ángel
a que brindes tus falaces ofrendas de paz

Juras que soy tu adversaria más amada
pero reconozco el veneno de tu aliento
el goce que te inflige la tortura
y la capitulación  de mis lágrimas
arrancarme súplicas de clemencia
y asesinarme con el escarnio
contemplar mi garganta quebrada
es el éxtasis que te encamina
hasta alcanzar el cielo de tu infierno

Juras que jamás conociste mayor deleite
que el tormento oculto en mis ojos
y el misterio de mis entrañas desnudas
pero tu crueldad no necesita razones
y sé que no perdonas el agravio de mi amor
ni la brevedad de mi cintura huidiza
ante los embates de tu manantial vacío
sé que no perdonas la cálida belleza
ni que te mostrase el rostro más puro del deseo
sé que odias la luz blanca de mi cielo

Mis armas han sido bruñidas y afiladas
las huestes se ocultan en callejones
y bajo los arcos de la ciudad eterna
el Tíber se desborda esperando la sangre
que teñirá de rojo las flores de su ribera
estoy lista para la guerra que nunca cesa
como un día lo estuve para el amor que nunca llega
estoy lista para reunirme contigo en el fuego
he escuchado a tus perros ladrando mi nombre

Madres, hijas, mujeres






 Hoy debería regalar y recibir flores y bombones, pero nosotros, la mía,  somos una familia “original” y además estamos todos separados por muchos kilómetros de carreteras y algunos desencuentros. Así que estas son mi flor y mi bombón para mi madre y mi hija. En realidad, para todas las mujeres que no usan la maternidad como un salvavidas ni una excusa para justificar los resultados de las decisiones de su vida. Para todas las mujeres que saben que el amor por los hijos no nace al plantar una semilla, sino que crece cada día al ayudar a alimentar la planta nacida de esa semilla. A veces no pasa, no hay más que ver que existen las madres “terribles”. La maternidad no es un cuento de hadas con final feliz garantizado; es una elección y el modo más desinteresado de dar amor a unas personas que, no te equivoques, no te pertenecen.

Por eso, hoy te quiero decir que antes que madre fuiste persona, hija y mujer, y tuviste que satisfacer las exigencias de otros. Antes de poder enseñar a nadie, tuviste que aprender a ser tú misma y eso no resulta fácil, a nadie le resulta fácil, no te culpes ni me culpes. Lo intentaste, lo sé. Muchas veces erraste y otras muchas, acertaste. Lo sé también. Más tarde he recorrido el mismo camino de tener que crecer y dominar los propios miedos, sueños y deseos, mientras enseñas a crecer a otros que han nacido de tu cuerpo, pero no son tú ni son tuyos.

Miro esta vieja foto con mi madre… y veo nuestras miradas soñadoras tan parecidas, pero enfocadas en direcciones diferentes y me siento, como siempre, sola. Tú eres una mujer, yo soy otra mujer y mi hija es otra mujer, y estar unidas por la sangre no es más que una casualidad de la existencia que no nos salva del desamparo ni de los embates de la vida, pero ayuda… ayuda saber que estáis ahí.

Esto es para mi madre y mi hija que, a pesar de ser mujeres diferentes que recorremos distintos caminos, saben que las quiero y las necesito. Y que todos y cada uno de los días de mi vida, pienso en ellas y agradezco la suerte de haberlas conocido.   

viernes, 2 de mayo de 2014

Los perros vagabundos

Un poema que leí -y copié y guardé- hace muchos años... y ahora mismo me doy cuenta que ni sé quien es el autor. Lo busco y no lo encuentro para decirle "gracias por tu pequeña joya". Y aquí está, para todos. 




De tu boca cuelga mi piel
y desciendo entre verbos de fuego hasta el centro de ti.
La vida tiene escondites maravillosos.
Tus ojos restituyen mis selvas
y mis tímidos venados amanecen malheridos
o totalmente muertos;

pero siempre están listos para salir a caminar.
Soy ahora adicto a tus sudores,
a la geografía metafísica
con la que me ataste de pies y manos a tus balcones.
Te amo porque no sabría hacer otra cosa.
Te amo con el jazmín y la rosa blanca,
pero te amo también con mis bestias más oscuras.
Te amo de manera indecorosa
porque la gente decente me causa espanto,
como las mujeres que dan hijos y no beben vino,
como los hombres que no se atreven
a matar de placer a una mujer en medio de la calle si es preciso.
Soy pariente de los perros vagabundos
y te amo de manera atrozmente inconfesable;
que es la única manera en la que vale la pena el amor,
amor mío.